Muchas personas viven un amor fracasado con tal persistencia, que una
vida entera no les basta para superarlo. Enviudan sin que se les haya muerto
nadie, y, con las heridas abiertas, recuerdan día a día los detalles de su
pasión truncada, como si los sucesos hubiesen ocurrido ayer. Clavados en un
duelo no resuelto, mantienen un luto eterno que les impide respirar aire fresco
y despejar la nostalgia.
Convertidos en estatuas de sal, miran sólo hacia atrás, mientras
dejan pasar nuevas oportunidades de formar pareja. Aferrados a una relación
amorosa que hace rato ya murió, son incapaces de dar vuelta la hoja para vivir
el presente y el futuro. A pesar de sí mismos, se quedan pegados emocionalmente
en el pasado
Cuando se está enfermo de otro, obsesionado y desesperado
perpetuamente por una relación imposible, es fácil que los sentimientos puedan
confundirse. Así, podemos creer que es amor lo que quizás sea más bien tristeza
infinita o rabia por el abandono, o culpa por sobrevivirlo, o miedo al vacío, o
una manera de vengarse por la traición y el agravio recibidos.
Quizás simplemente sea nuestro ego obstinado, que se niega a admitir
una derrota. Voluntariosos, nos cuesta tolerar que las cosas no salgan de
acuerdo a lo planeado, o quedamos atragantados con tantas palabras y
sentimientos que nunca lograron ser expresados. Orgullosos, nos es difícil
soportar que el otro viva feliz sin nosotros, menos aún aceptar que tal vez
desaparecimos de su vida sin dejar rastro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario